dos casas
una semana fervorosa en marzo
Volver a casa no siempre es volver al hogar, a veces se trata más bien de arrastrar algo hasta un lugar seguro y dejarse caer, y así me sucedió. Abandoné con cuidado el lugar del naranjo, amigos queridos, empecé una novela donde pensaba que no había una, todo ello con los ojos brillantes de que algo acababa, algo empezaba, y yo, por suerte, seguía siendo la misma. Intenté volver a casa, pero como tantas antes me levantaba sus paredes, avisándome, con la severidad que tienen las casas a veces, de que tal vez tuviera que marcharme pronto, no sabía muy bien cuándo. Las cosas son así; a veces no tienen la delicadeza de avisarte de cuándo van a suceder. Pasan, te dejan atrás para que las alcances.
La casa me esperaba silenciosa como siempre. Yo acaricié sus esquinas, su único pasillo vertebral, me deslicé sin mucha fuerza de la cocina al salón, del salón al baño, del baño al salón, dejaba pasar las horas. De pronto objetos que coloqué con amor se me hacían extraños. Siempre me había parecido que ya era mía, aunque no era mía, no del todo, y ahora ella rechazaba mi habitarla. Me dije: no pasa nada. Esto ha ocurrido antes. The flowers of myself, me dije, entrenada ya para que un dios mire atrás y me castigue con su inconsciencia.
Cuando soy yo quien mira atrás nadie vuelve a la nada. No tengo ese poder. Todo sigue allí, también las criaturas que me enseñan los dientes. A veces son bebés y a veces fuerzas ancianas de los cielos. Veo la casa compartida, con su centro vibrante y naranja de silencio acogedor, su sueño casi colmena. La respiración de inciensos amistosos y tantos libros revoloteando. La echaré de menos, pero aún me llaman desde allá.
Al regresar había un torbellino en el centro de mi casa. Me dije: la has dejado demasiado tiempo. No se ha llenado de hormigas, aquí nadie las mira y escribe poemas, pero se ha enterrado en barro oscuro. Avancé, rescatando como podía mis rastros, los pequeños espíritus que había dejado bien guardados aquí antes de irme. Algunos habían escapado. Mi propia imagen era extraña, algo había pasado al otro lado del espejo.
La limpié bien. Amigas queridas vinieron a ayudarme y entre todas volvimos a acariciar las paredes, a adornarlas con amor. Me ofrecieron más hogares de los que puedo contar. Fue como ver florecer un jardín a oscuras, pistilos refulgiendo, luciérnagas. Me acogí a ellas. Pensé: todavía puedo quedarme aquí. Todavía puedo marcharme.




Supongo que he leído hace poco Una casa sola de Selva Almada, pero lo he vuelto a recordar leyendo tu texto 💙